Atópica

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Mateo Marco Amorós / Uno de aquellos

Fotografía: Joaquín Marín

Hace unas semanas, en Orihuela, en la segunda edición de «Encuentros con autor-a» se presentó el poemario «Atópica» de Álvaro Giménez García, Premio del trigésimo segundo Certamen Poético Ángel Martínez Baigorri del Ayuntamiento de Lodosa. Intervinieron el autor, Luisa Pastor y Manuel García.

En ocasiones me ha resultado más divertido acudir a un velatorio que a un recital o presentación de un libro de poesía. Mis respetos a los muertos, pero en los velatorios siempre hay quien trae alguna anécdota hilarante del difunto –o con el difunto– que alivia la pena. Cuando la poesía, el gesto adusto, el tono de algunos rapsodas, nos hunden en la depresión. La otra tarde no. «Atópica» propicia desenfados. Manuel García insistió en la constante ironía del poemario. Ironía en su sentido más arcaico –dijo. De la buena.

Cuando hace aproximadamente un año Álvaro Giménez me informó de «Atópica», felicitándole por el premio, le dije que atópica era mi piel. No conocía ningún verso y fue lo primero que se me ocurrió. Ahora, leído el libro, quisiera –con el permiso del autor– que «Atópica» fuera mi voz. El poemario resulta espejo. Un espejo con el perspicaz verbo de Álvaro Giménez; que dice, con la maestría que demuestra en literaturas, lo que quisiéramos decir. Y no es un espejo amable. Nos recuerda al espejo con el que Jaime Gil de Biedma se encuentra en «Contra Jaime Gil de Biedma» descubriéndose inútil y cacaseno: «y te paras a verte en el espejo / la cara destruida, (…)». No, «Atópica» no es  un espejo amable pero resulta tierno por el buen uso que decía Manuel García –y que corroboramos– de la ironía.

Reivindica Giménez la literatura emanante de la cotidianidad. La realidad que nos rodea son libros –dijo. La barra de un bar de hombres no es un parnaso; pero vista con los ojos de literato es una mina de vitalidades; si no poéticas, acaso «poema». También un parque, la calle, un tatuaje eterno frente al amor efímero como dicen del «eternamente Yolanda»… O esa acera bastión de un ejército tocado de rulos y pinzas. Realidades que dictan buenos versos.

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