Contagio del habla

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Uno de aquellos / Mateo Marco Amorós

Fotografía: Joaquín Marín

Diecisiete años y pico viviendo en la Vega Baja ya dan –creo– para una mayoría de edad en paisanaje. Fue para el curso 2000-2001 cuando hicimos mudanza desde el Alto Vinalopó al Bajo Segura. Mis hijas, camino de los veinte años la mayor, camino de los dieciocho la menor, se han criado entre las brumas y humedades de la vega, entre las sequedades y calores de esta tierra feliz, entre azahares y palmeras, próximas al río que en estos años les ha mostrado sus crecidas y estiajes, viéndolo subir hasta salirse de madre, viéndolo mermar hasta mostrar sus tarquines putrefactos.

Pasado el tiempo, cuando no cabe mirar atrás porque la decisión de venir fue firme, observo el contagio de las cosas cotidianas, esas que te hacen sentir la proximidad de las gentes. Entre ellas, la que más, el habla. Repaso el fundamental estudio del catedrático Guillén sobre «El habla de Orihuela» y aquello que nos parecía excepción, ahora lo sentimos común. Si entonces muchas voces nos parecían extrañeza hoy las sabemos prójimas. Así por ejemplo, las voces que nacen del seseo. Si en un principio oír «prinsesa» por «princesa» era cosa de los otros, hoy nos parece más nuestro. En el segundo disco que Joan Manuel Serrat dedicó a Miguel Hernández, alguien le instruyó para el seseo en algunas palabras. Un seseo que resulta anárquico por ser unas veces sí, otras no.

Siguiendo con peculiaridades del habla en la Vega no digamos esa conjugación imperfecta de la primera persona del plural del pretérito perfecto simple, ese –por ejemplo– «ayer tarde merendemos y nos lo pasemos requetebien», ese «merendemos» y «pasemos» por «merendamos» y «pasamos», formaciones que al principio nos parecían tan raras como infernales, que hoy nos suenan próximas y comunes.

Así, sintiendo normales las voces de las gentes nos sentimos más fundidos con la tierra. Fundidos y confundidos. Hablando. Platicando. Como aún gusta decir aquí cuando con camaradería se deja hablar con soltura al «corasón». Y resuenan esas particularidades del habla de donde ahora habito, particularidades que sintiéndolas más propias ya dudo si soy de donde creo que soy.

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