Libertad para las horas, cárcel para el trabajo

Karlos Bernabé
Militante IU Orihuela

Uno de los elementos clave del pensamiento político de los verdaderos demócratas, ha sido el de defender la restricción de la libertad de los más poderosos para salvaguardar la de la mayoría social. Fíjense cómo lo ilustra el bueno de Marx, cuyas ideas, antiguas pero no anticuadas, sobreviven a fuerza de tener razón: “el obrero aislado, como vendedor libre de su fuerza de trabajo, se halla totalmente indefenso(…)no tiene más remedio que apretar el cerco y arrancar, como clase, una ley, un obstáculo social insuperable que les impida a ellos mismos venderse como carne de muerte y esclavitud mediante un contrato libre”. En una sociedad asimétrica donde los grandes poseedores de capital (véase Juan Roig) negocian contra aquellos que sólo poseen su fuerza de trabajo (léase la inmensa mayoría), dotar de absoluta libertad a este enfrentamiento implica, por fuerza, que el más débil tenga las de perder. Por ello, decía Marx, la única manera que tienen los trabajadores de proteger su libertad de vivir dignamente, es restringir de forma colectiva su libertad de venderse indignamente.

La libertad no es ,pues, un lugar absoluto al que aproximarnos o alejarnos que nos beneficie a todos por igual, sino una permanente decisión política de caminar en un sentido u otro. Nunca olviden esto: siempre que se amplía la libertad en un área, es a costa de reducirla en otra. Antonia Moreno, por ejemplo, justificó, hace unos años en una tertulia, el AVE que tanto daño nos hace, alegando que: “pasará el tren de alta velocidad y pasará el tren de cercanías, y cada uno se subirá en el que le da la gana, pero qué bien que podamos elegir”. Bien, lo que no dijo es que en el momento en que se “elegía” (lo hicieron PP y PSOE) hacer el AVE, se renunciaba a la libertad de gastar esos ingentes recursos en hospitales públicos, trenes de cercanías, guarderías, pensiones o subsidios de desempleo. Lo que tampoco dijo es que para elegir un tren u otro, hay que tener un poder económico determinado, y olvidar eso en un país con un 20% de pobres y que sufre una muy desigual distribución de riqueza, es olvidar demasiado.

Liberalizar horarios en Orihuela ahonda en el aumento de la desigualdad. La libertad de ampliar los tiempos y días de trabajo implicará que las grandes cadenas y multinacionales podrán jugar con las rotaciones de turnos y la sobreexplotación de sus plantillas para, conteniendo costes laborales, cubrir más tiempos y aumentar beneficios. El correlato de esta libertad será la obligación del pequeño comercio de sobreexplotarse a sí mismo, reduciendo sus propios salarios y renunciando a sus horas y días naturales de descanso para ralentizar (que no evitar) la inexorable extinción a la que están siendo abocados. Siguiendo con lo que decíamos al principio, la mejor forma de que no se elija “libremente” trabajar más y más ,para que unos pocos acumulen más y más riqueza, es limitar la libertad de explotar el trabajo (el de otros o el propio) todo el tiempo que se quiera. Actualmente, liberar los horarios significa encarcelar al trabajo. Alegarán algunos que no hay elección posible, puesto que, de no conceder tales libertades a los grandes negocios, éstos se marcharán a lugares más competitivos. Y tienen razón, lo cual ilustra muy a las claras que, para satisfacer las libertades del capital, se pisotean las de las personas. Así lo ilustraban también las últimas reformas laborales de PSOE y PP, cuando se pretendía crear trabajo a base de destruir los derechos laborales: son ustedes libres de escoger entre paro o precariedad, parecen decirnos. Ya avisaban muchos que neoliberalismo implica neoesclavitud.

 

Aunque los dueños del pequeño comercio figuren como “pequeños empresarios”, en su mayoría no son más que honrados trabajadores que se ven obligados a explotar su propia fuerza de trabajo y la de un puñado de empleados para sobrevivir a duras penas. Aunque el ayuntamiento de Orihuela no puede hacer por sí sólo la revolución que tanto necesitamos, sí puede ofrecer núcleos de resistencia. Fomento del cooperativismo no sólo de producción sino también de consumo, consideración del uso de divisas o “monedas” locales que garanticen un círculo de crecimiento local, pedagogía en torno a la sostenibilidad del pequeño comercio frente a la criminalidad de las grandes cadenas y, por supuesto, ruptura con el tradicional modelo de crecimiento económico que tan caro nos ha salido. Pero claro, para ello haría falta limar los gastos en protocolo, en inútiles Bustamantes, asesores superfluos, dádivas a la Iglesia o caras subcontratas con empresas deportivas para destinar todos los recursos posibles a un desarrollo sostenible de empleo y a un modelo de ciudad que logre resistir, en lo posible, frente a los grandes capitales. Haría falta que Orihuela la gobernasen menos burócratas y más demócratas.

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