Mociones y defunciones

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Ana Mas de Sanfélix
Exconcejal del PSOE en el Ayto de Orihuela

En Orihuela estamos viviendo una etapa intensa de nuestra vida municipal, que en buena medida determinará el futuro a largo plazo del municipio, lo que quedará en manos de los electores en el 2015. Si para algo han servido los intentos del PP de Mónica Lorente y Pepa Ferrando estos últimos meses por recuperar la alcaldía, ha sido para que la ciudadanía conozca sin ningún género de dudas quién es quién y hasta dónde está dispuesto a llegar.

Y es que la credibilidad es algo que cuesta mucho ganar y se pierde con un solo gesto –y si no pregunten a Juan Ignacio López-Bas, que ha dilapidado en un suspiro todo su crédito político y al que ya no podrá redimir ningún discurso porque, como me gusta recordar, las palabras son palabras pero los hechos son tozudos, incontestables y su, por lo demás inútil y torpe haraquiri político, en nombre de una “gobernabilidad” que se concreta en la externalización del servicio de recogida de basuras, sólo servirá para que siempre recordemos que la política –entendida como la consecución de la justicia en el ámbito de lo público- debe regirse por la razón, no por el corazón o el estómago. Pero más allá de las decepciones personales, lo que el CLr ha demostrado una vez más es la “utilidad” de los partidos locales, esos que cada cuatro años surgen aparentemente de la nada –“sin ideología”, “pensando sólo en Orihuela”- y que consiguen aglutinar a indecisos o desencantados con potentes y costosas campañas electorales, pero que antes o después acaban por mostrar lo que son: una auténtica bomba de relojería capaz de implosionar o explosionar según convenga y completamente al margen de la consecución del interés general. Considero implosiones, más o menos controladas, las expulsiones de Bob Houliston, Asun Mayoral y Pablo Vidal –bajo la hoy paradójica excusa de supuestas negociaciones para devolver la alcaldía al PP- o el permanente boicot del propio Pedro Mancebo, desde dentro, al equipo de Gobierno, con el único objetivo de acaparar un poder que, a la postre, resultaba estéril porque jamás demostró la mínima capacidad o interés por la gestión o el trabajo. ¿Y qué sino un intento de explosión ha sido la moción de censura?

Por otra parte, que el PP de Mónica Lorente y Pepa Ferrando lleve todo este tiempo dedicado en exclusiva a diseñar estrategias para recuperar el gobierno –¿recuerdan que en diciembre de 2011 ya anunciaban la “Operación Pavo”?- sólo demuestra que son tan incapaces de realizar una oposición seria y responsable como lo fueron de gobernar, y que su único futuro político pasa por volver a la alcaldía a cualquier precio, pactando y contrapactando. Que Fabra diera sus bendiciones a una moción de censura para llevar al poder a un grupo plagado de imputados, muestra a las claras el nivel de desesperación que se vive en la cúpula del PP valenciano.

Desde luego, nuestra democracia necesita nuevas formas de representación municipal, pero es importante que cuando esos representantes se miren al espejo sólo vean reflejada la imagen de aquellos a los que representan, sin tutelas ni débitos. Así las cosas, más que una moción de censura, lo que se firmó el 19 de diciembre fue un acta de defunción política, la crónica de una muerte anunciada y ni siquiera podrán descansar en paz.

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