Ruinas

Mateo Marco Amorós / Uno de Aquellos

Fotografía: Joaquín Marín

Recuerdo la primera vez que en Venecia, entrando en la plaza de San Marcos, contemplé el campanario tan característico y tan símbolo en el perfil de la ciudad de los canales. Es una de esas experiencias que se asientan en la retina viajera y no se va. Igualmente me sucedió en París con la torre Eiffel cuando la primera vez.

Mas el campanile gótico que vemos en Venecia no es el campanile gótico. Porque el original se desplomó en 1902, convirtiéndose en un montículo de escombros ni siquiera digno de poesía a lo Rodrigo Caro, que cantando a las ruinas de Itálica enaltecía la belleza de lo roto, excavando versos. El campanile, escombro sobre escombros, sólo daba para pompa fúnebre. Y fue reconstruido. Y lo que ahora vemos es un nuevo campanario que imitó al viejo campanario derruido. Tras el desplome, pronto, en 1903 se colocó una primera piedra, inaugurándose la reconstrucción en 1912.

En ocasiones es mejor no saber el qué fue de lo que pisamos. Por ello aconsejo no abusar de las guías en los viajes y dejarse llevar por la propia percepción. Luego cabrá la precisión de los datos, pero mejor entrar a tumba abierta a los espacios cuando se viaja. Y dejarse embelesar, imaginando que por las mismas piedras por las que caminamos caminaron nuestros antepasados.

La neocueva de Altamira es ejemplar transportándonos al pasado de aquellos antecesores nuestros que estamparon sobre la piedra su exquisito arte de colores y anhelos; pero aun siendo tan estupenda como necesaria, la neocueva no puede transportarnos al origen de aquellas oquedades naturales de húmedas oscuridades. A las entrañas de una tierra a la que, pintando, se le pedía que fuera de promisión. Sabidos entre cartón piedra es difícil el encantamiento. En Terra Mítica he pasado más de mil veces por debajo de la puerta de los leones que reproduce a la perfección la puerta de los leones de Micenas sin sentir la menor emoción, acaso prisa para evitar calores y colas. Hay algo de magia en la piedra original que es imposible, por perfecta que sea, en la imitación.

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