Tortícolis nacional

Han sido detenidos Ángel María Villar, presidente de la Federación Española de Fútbol, y su hijo, acusados de tejer una trama de corrupción por medio de dicha institución: aguardaban el momento en el que no mirase nadie para agenciarse cualquier billete que entrara o se generase dentro de dicho organismo. De súbito, una rimbombante operación policial ha sacado a la luz todos los chanchullos que el susodicho ha manejado a lo largo de sus veintinueve años al frente de la Federación. Pero, un momento, ¿hemos dicho casi tres décadas? No, no puede ser, no cuadra… No parece posible que, tras seis lustros en el cargo, nadie del entorno, o incluso de fuera del mismo, pueda no haberse dado cuenta de los negocios turbios del mandamás. Igual debemos suponer, y no nos equivocaríamos, que las personas de alrededor, ya sea por mantener intereses con el ahora investigado o por miedo a algún tipo de represalia, hayan conocido de primera mano esas prácticas ilegales y hayan decidido mirar hacia otro lado.
Treinta años dan para muchos empleados entrando y saliendo de la organización, ¡alguno se tiene que haber dado cuenta de algo! Sin embargo, puede que hayan sufrido un ataque de tortícolis selectiva y sus cuellos, girados hacia el lado contrario, hayan apartado su vista de dichos fraudes, repitiéndose “si no lo veo, no sé nada”. Y sí, lo han visto, pero mirar hacia otro lado, al parecer, corrige su implicación. Bueno, esperen un momento: resulta que el mentado expresidente de dicha Federación sí ha sido acusado por otras personas/organismos de prácticas ilícitas, pero quien debía impartir justicia decidió que mirar hacia otro lado también era lo mejor. Ese sí que es el deporte nacional por antonomasia, y no el balompié.

Hablando de mirar hacia otro lado, ¿alguien ha llegado a enterarse alguna vez de los plenos del gobierno en los que sus miembros deciden aumentarse el sueldo? Porque eso sucede inexorablemente tras unas elecciones. Local, autonómico, nacional: después de la formación de cualquier gobierno, hay un pleno en el que se realiza una votación en la que, invariablemente, los componentes de las bancadas dan el “sí, quiero” a la propuesta de aumentar sus emolumentos por ostentar el cargo. Dado que sus salarios los pagamos todos, quizá tengamos derecho a enterarnos de cuando sucede esto, ya sea por mero conocimiento o para poner el grito en el cielo. ¿Por qué no llega a nuestros oídos? ¿De esto no tendrían que informar los medios de comunicación de manera destacada? La respuesta debe ser “sí, pero no”, porque pocas son las personas que pueden afirmar conocer dicha primicia en cuanto se da. La tortícolis selectiva es más contagiosa de lo que parece, y cuando se trata de anunciar que la clase política en bloque, la misma que reduce nuestros salarios, decide que los suyos deben aumentar, todos los medios también parecen mirar hacia otro lado. ¿Qué tendrá ese otro lado, que todos prefieren mirar hacia él?

Menos mal que los españolitos de pro no hacemos esas cosas. Bueno, es cierto que todo ciudadano de a pie con inquietudes políticas, en cuanto surge un caso de corrupción en su partido, gira el cuello de manera exagerada y entonces es como si no existiera, pero eso no es lo mismo, ¿no? Bueno, un aficionado al fútbol también mira hacia otro lado en cuanto ve que el árbitro ha favorecido injustamente a su equipo, porque así parece que tampoco existe esa evidencia, pero se trata de un mero deporte y tampoco importa, ¿no? Venga, también en situaciones peliagudas, como cuando un amigo confiesa una infidelidad y se sigue viendo a su pareja: es obligatorio mirar hacia otro lado porque, a fin de cuentas, es una situación personal suya, y para el resto debe ser como si no existiera, ¿no?. Pero bueno, a fin de cuentas, todo son situaciones y casos aislados. ¿Verdad?

Pues en realidad no parece que sea así. Mirar hacia otro lado es un acto absolutamente cotidiano, un recurso lícito cuando favorece. La tortícolis selectiva se ha convertido en una auténtica epidemia, y cuando por error en un comercio devuelven más dinero del debido, se mira hacia otro lado. Si alguien requiere ayuda en plena calle pero a los viandantes no les viene bien detenerse, se mira hacia otro lado. Si hay que apoyar una causa justa con una simple firma, adelante sin dudar; si además hay que aportar mera calderilla, se mira hacia otro lado.

La realidad es que mirar hacia otro lado se ha convertido en un hecho adaptativo, por ello se ha contagiado y se ha erigido en una epidemia a nivel nacional. Sirve para vivir mejor: evita problemas, sortea dilemas morales, consigue obviar situaciones en las que sentiríamos que estamos siendo injustos. Si hablamos de individualidad, la tortícolis selectiva funciona de lujo. El problema reside en que el resto de personas de nuestros alrededor también miran hacia otro lado por idénticos motivos, y ello significa que, llegado el momento, esa tortícolis ajena nos pueda acabar llevando por delante también a nosotros.

Quizá deberíamos dar un primer paso, ser consecuentes y dejar de mirar hacia otro lado en cualquier ocasión, porque podría ser que, a medio/largo plazo, quitarse de encima esa dichosa tortícolis artificial llegase a resultar más satisfactorio que el mero paliativo inmediato que nos produce.

 

Autor: Adrián E. Belmonte

Libro Las Crónicas del Otro Mundo
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