Esta jornada une tradición ceremonial y sobrecogimiento, en torno a la figura del Caballero Cubierto, y con una procesión que eleva su Semana Santa a la excelencia
Este Sábado Santo, Orihuela se vistió de luto riguroso, para rendir tributo a la muerte de Cristo. La ciudad, con solemnidad contenida, vivió una de sus jornadas más ceremoniales y singulares, donde la historia, la fe y el protocolo se entrelazan con una precisión casi litúrgica.
La jornada comenzó con uno de los momentos más excepcionales de su Semana Santa: la recepción del Caballero Cubierto, una figura envuelta en siglos de historia y privilegio. En el Claustro del Colegio Diocesano de Santo Domingo, abarrotado por autoridades y ciudadanos, se desarrolló un acto cargado de simbolismo institucional, donde el nombrado recibió los honores que lo convierten, desde ese instante, en parte viva de la tradición oriolana.
Este antiguo privilegio, documentado ya en el siglo XVIII, concede al Caballero el derecho de permanecer cubierto incluso en el interior de los templos, un gesto que, lejos de interpretarse como irreverente, simboliza el honor, la dignidad y el compromiso con la ciudad. No es solo un título: es un legado, una llave que abre las puertas de la historia y deposita sobre quien la recibe el peso invisible de generaciones enteras.
“A Orihuela, todo, con abnegada entrega”
Durante su intervención, la concejala de Festividades, Rocío Ortuño, subrayó que esta distinción representa “una misión” que trasciende lo ceremonial, vinculada al honor de guiar el estandarte ante el Cristo Yacente en la procesión más solemne de la Semana Santa oriolana.
Ortuño destacó el carácter único de esta figura, que “camina con el rostro descubierto ante Dios y cubierto ante los hombres”, simbolizando humildad, servicio y obediencia, al tiempo que ensalzó la trayectoria de Luis Miguel García Lozano, definida por su defensa del patrimonio, su excelencia académica y su compromiso constante con la ciudad. “No caminarás solo”, afirmó, recordando que junto a él lo harán la historia, la tradición y todo un pueblo que deposita su confianza.
Por su parte, el Caballero Cubierto 2026 ofreció un discurso profundamente personal, en el que reivindicó el vínculo irrompible con su tierra: “A Orihuela, todo, con abnegada entrega”, proclamó, poniendo en valor el papel de quienes, incluso desde la distancia, trabajan por el desarrollo de la ciudad. García Lozano repasó su implicación en la protección del patrimonio cultural, la proyección internacional de Orihuela y, especialmente, en el reconocimiento de su Semana Santa como Bien de Interés Cultural, fruto —según destacó— del esfuerzo colectivo de toda la sociedad.
En uno de los pasajes más emotivos, evocó la experiencia de vivir la Semana Santa lejos de su ciudad, recordando sonidos, imágenes y զգtradiciones que definió como “Orihuela en estado puro”, y subrayando la singularidad del Santo Entierro como una procesión que une a todos los oriolanos en torno al duelo, la fe y la identidad compartida.
El Caballero Cubierto cerró su intervención con palabras de sincera humildad, asegurando que su mayor mérito ha sido “querer esta tierra y llevarla allá donde ha ido”, reconociendo que este nombramiento es, por encima de cualquier otro, el honor más importante de su vida.
El cortejo se echa a la calle
Concluido el acto, la ciudad se preparó para adentrarse en el corazón de la tarde: la Procesión del Santo Entierro, donde el recogimiento se transforma en un lenguaje universal. El cortejo, encabezado por sones graves de cornetas y tambores, avanzó con una cadencia que parecía marcar el pulso mismo del duelo.
Entre los primeros en aparecer, la figura de San Juan Evangelista, testigo fiel del dolor, abrió paso a uno de los momentos más enigmáticos del desfile: “El Triunfo de la Cruz”, popularmente conocido como La Diablesa. Esta obra barroca, salida de la gubia de Nicolás de Bussy, cargada de fuerza simbólica, rompe con lo convencional y recuerda, con su estética inquietante, la eterna lucha entre la luz y la oscuridad, entre la redención y la caída.
El silencio se hizo aún más denso con la llegada del Cristo Yacente, cuya imagen, reposando en su urna, parecía flotar en una calma que sobrecogía el alma. Escoltado por la Centuria Romana, que marchaba con sus armas “a la funerala”, el paso evocaba un dolor contenido, una despedida sin palabras, donde cada gesto hablaba de pérdida y esperanza al mismo tiempo.
Cerrando el cortejo, La Soledad avanzó como un suspiro final, como el eco de una madre que llora en la intimidad de su pena. Su presencia, serena y desgarradora, puso el broche a una procesión que no busca el ruido, sino la reflexión más profunda.
Mientras tanto, las voces de los Cantores de la Pasión se elevaron en la tarde, interpretando piezas que parecían surgir desde lo más hondo de la tradición. El Miserere y el Stabat Mater no fueron solo música, sino auténticas plegarias hechas sonido, capaces de estremecer incluso al corazón más distante.
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