Antequera

Mateo Marco Amorós/ Uno de aquellos

Fotografía: Joaquín Marín

En Antequera, en el Campo de los Túmulos, donde los dólmenes de Menga y Viera, el perfil gigante, tumbado y petrificado que llaman Peña de los Enamorados –perfil de indio o princesa– orienta a los sepulcros como horizonte. Unos kilómetros más allá también será el tholos –dolmen o cueva que dicen– del Romeral. Éste mirando más hacia los caprichos calizos del Torcal. Los tres –Menga, Viera y Romeral– arquitecturas megalíticas. Arquitecturas de grandes piedras sobre piedras grandes. Losas refinadas y transportadas con inteligencias humanas. Cobijas sobre ortostatos. Algunas teorías pseudocientíficas nos presentarán con sensacionalismo estas fábricas como obra extraterrestre, igual que la fábrica de las pirámides de Egipto u otras fábricas maravillas de la humanidad. Como si el ser humano no hubiera sido capaz de semejantes ingenios. Aquí, animados por la trascendencia.

Antequera es encrucijada en Andalucía. Caminos de hierro y asfalto, antes de piedras y tierra, se concentran para llevarnos –o traernos– norte, sur, este y oeste. La ciudad, salvando las distancias, recuerda a Orihuela. Por lo monumental. Y recordando a Orihuela, duele. Porque Antequera no ha sufrido la tiranía de los altos edificios contemporáneos, presentando un conjunto arquitectónico más integrado. Acaso distorsiona con simpática anacronía ese Cine Torcal, en la calle Cantareros. Edificio típico del racionalismo de los años treinta. Racionalismo y art decó. Distorsión arquitectónica, la de este cine y teatro, que al cabo es también testimonio de un tiempo más reciente pero también perdido.

Entre numerosas iglesias, palacetes y conventos de la encantadora ciudad, ahí ese cine que parece que pide la presencia de un automóvil americano años cincuenta aparcado en la acera. Un Plymouth por ejemplo. Por otro lado, la ciudad posee una surtida oferta de alojamientos.

Y en la parte alta de la localidad, la Alcazaba, bien recuperada en su estructura fundamental, y la Colegiata de Santa María la Mayor. Y en la Alcazaba dos torres principales unidas por un lienzo de murallas: La torre del homenaje –seña entre señas de Antequera– y la torre Blanca, exquisita en su interior, defensa y selecto palacio. Todo en Antequera. Donde sí importa que nazca el sol.

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