Por Joaquín Marzá Mercé
El 3 de marzo celebramos el Día Internacional de los Escritores, una fecha que nos recuerda el inmenso poder de la palabra para transmitir sentimientos, despertar emociones y tender puentes entre las personas. Escribir no es solo ordenar letras sobre el papel: es dar forma a la memoria, convertir la experiencia en relato y transformar la mirada del lector en un viaje hacia mundos nuevos.
La literatura nos permite traspasar fronteras invisibles. Cada libro abre una puerta a la imaginación, invita a recorrer caminos desconocidos y despierta en quien lee la sana inquietud por descubrir horizontes y vivir nuevas experiencias. Por eso, los escritores no solo cuentan historias: acompañan, inspiran, consuelan y ayudan a comprender la complejidad del corazón humano.
En el ámbito educativo, esta jornada adquiere un significado especial. La escuela debe otorgar a la literatura —y muy especialmente a la literatura infantil— un lugar privilegiado, porque es en la infancia donde nacen los lectores del futuro y donde las palabras siembran valores, sensibilidad y pensamiento crítico. Fomentar la escritura en el alumnado significa ofrecerle una herramienta para expresarse, conocerse y participar activamente en el mundo.
Este día internacional, propuesto en 1986, también posee un profundo simbolismo. La elección del 3 de marzo busca honrar a los escritores que, a lo largo de la historia, han defendido la libertad, la justicia y la democracia con la única fuerza de su voz y de sus textos. Muchos de ellos escribieron en tiempos difíciles, demostrando que la palabra puede ser refugio, denuncia y esperanza.
Celebrar el Día Internacional de los Escritores es, en definitiva, celebrar la capacidad humana de sentir, imaginar y comunicar. Que las aulas, las bibliotecas y los hogares se llenen de historias, de cuadernos abiertos y de sueños escritos. Porque mientras exista alguien dispuesto a escribir y alguien dispuesto a leer, seguirá habiendo caminos por descubrir y emociones por compartir.






