Por Mateo Marco Amorós
En febrero de 2025, coincidiendo con los fastos del quinto centenario de la concesión del Título de Ciudad a Villena, Antonio Sempere, escritor, periodista y crítico cinematográfico, publicó un libro titulado Quo Vadis, Villena. La periodista Sara Rodríguez dio precisa cuenta del mismo en INFORMACIÓN (21.08.2025), cerrando su crónica con una síntesis incitante: «Con esta obra, Antonio Sempere coloca sobre la mesa un debate: el futuro de Villena en el mapa provincial. Una pregunta abierta que interpela a toda la ciudadanía: ¿hacia dónde va Villena?»
Quienes conozcan a Sempere –yo lo conozco desde que nacimos– le saben enamorado de Villena; por lo que el libro/ensayo, aprovechando la euforia de la celebración le sirvió para sobre bombo y boato exponer lo que como ciudadano le preocupa. Le sirvió y nos sirve porque salvando lindes, las reflexiones de Sempere, al analizar aquellos servicios categóricos que hacen que una ciudad pueda sentirse ciudad, invitan a pensar sobre las virtudes y necesidades de cualquier lugar que habitemos. Así, el libro resulta una encuesta que nos anima a advertir las posibles carencias. Una encuesta que, como ciudadanos, impele a estar atentos, en continua guardia ante la realidad.
Hay quienes reprochan a Antonio Sempere el añorar una ciudad que ya no es y que posiblemente no pueda ser. Yo, en el prólogo, solamente le recrimino el riesgo de vivir enamorado de una urbe. No porque esto sea malo sino porque las ciudades irremediablemente cambian. Como cambiamos las personas. A mejor y a peor. Y si sentimos que a peor… La percepción que tenemos sobre un espacio está determinada por lo que intensamente vivimos en él. Esto no quita para que amando muchas cosas del lugar que poblamos, reivindicar algunas de las estupendas cosas perdidas; como reclamar otras eternamente solicitadas. Así Sempere en su examen de ciudad, trascendiéndolo a examen sincero de ciudadanía.
El ensayo se cierra con una cita de Abre los ojos: «¿La verdad? ¿Quieres saber la verdad? Puede que no la soportaras». Yo retruco con otra: «Pues amarga la verdad, / quiero echarla de la boca; / y si al alma su hiel toca, / esconderla es necedad».





