Un montón de huesos

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Mateo Marco Amorós / A cara descubierta

Joaquín Marín / Fotografía

En el margen de un viejo códice miniado, un resignado monje, refiriéndose a su mano, escribió: «Oh, la mano que ha caligrafiado este pergamino: él será famoso, ¿tú que serás? El extremo descarnado de un montón de huesos.» Extremo descarnado de un montón de huesos, dice de su mano, si no polvo. Con el tiempo, polvo. —Del polvo vienes y en polvo te convertirás —decía el sacerdote al imponernos la ceniza el miércoles de ceniza. Versículo veterotestamentario sustituido hace años por la invitación a convertirnos y creer en el Evangelio.

Cuando en verano estuvimos en la ciudad checa de Kutná Hora visitando en el barrio de Sedlec el osario de la capilla de Todos los Santos, nos acordamos del monje copista. Porque allí sus huesos hubieran sido algo más que un montón de huesos.

Las guías turísticas recomiendan visitar aquel osario. Pero qué quieren que les diga. Ver fémures, falanges, cráneos, mandíbulas y otros huesos humanos componiendo una lámpara, un jarrón, un escudo de armas o un catafalco, resulta tétrico. «Del polvo vienes y en polvo te convertirás.» O en pieza de bazar. En objeto: Lámpara, jarrón… A saber. Perdonen la ironía mediando restos de difuntos. Pero es lo que en 1870 hizo por encargo un tallista de madera con los huesos amontonados de aquel osario. Las guías, lo hemos dicho, recomiendan la visita. Pero, sintiéndola macabra, no nos gustó. Suerte que llegamos con tiempo para tomarnos unas estupendas cervezas marca del lugar: Kutná Hora. También para callejear por la población que tiene monumentos más interesantes que el osario. Donde la inmortalidad se ha ganado convirtiendo restos en adorno.

Eso en Kutná Hora, que en la provincia de Valladolid está el osario de Wamba, en la iglesia mozárabe de Santa María. Aquí apilados los huesos sin artificio. Pero con resultado igualmente lúgubre. Y en Valladolid capital, dentro de una pequeña galería comercial, se ha conservado un claustro, el del antiguo convento conocido popularmente como de las francesas, cuyo suelo está compuesto por tabas que forman geometrías. Nuestras pisadas pulen los huesos. Pero estos son –dicen– de animales. «Del polvo vienes».

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