Camino de Oporto

Mateo Marco Amorós / Uno de aquellos

Lo mejor de viajar a Portugal es que uno entra sin darse cuenta de que está en Portugal, acaso por el nombre de los restaurantes de carretera y por las señales y carteles que encontramos. Si además uno entra después de haber pasado unos días por Galicia, la transición aún es menor. Bueno, antes también nos avisaban de las fronteras los móviles, advirtiéndonos de las condiciones de uso y pagos.

Hace unos años, entrando por Tuy decidimos coger la Nacional 13, siguiendo la margen izquierda del Miño hacia la costa atlántica, hasta Viana do Castelo. Había tráfico, pero no atascos. Finales de julio. El paisaje es bonito. Observamos playas salvajes, golpeadas y labradas por el océano. Campos de dunas blindando la costa.

Viana do Castelo es una ciudad coqueta, atractiva. Vale la pena sentarse en una cafetería de la plaza de la República y observar a la gente. En los viajes hay que pararse. En la plaza hay tranquilidad para pararse y sosegar la visita. La oficina de turismo está en un antiguo hospital. Callejeamos y tomamos otro café. El café, excelente café, es más barato en Portugal que en España. Tras deambular cogeremos el coche para subir hasta Santa Lucía. La vista es espectacular: La desembocadura del Lima, el océano, la ciudad…

Desde Viana do Castelo, para llegar a Oporto, tomaremos una autovía paralela a la nacional 13. Llegaremos bien. El problema es entrar en Oporto. El tráfico es muy lento. Estando en Oporto tardaremos en llegar al hotel casi una hora. Nos parece –es la primera impresión– una ciudad intransitable, incómoda. Nos lo habían advertido. Entonces Oporto estaba en obras. Qué ciudad que esté viva no lo está. Con dificultad llegaremos al hotel. Por fin hemos podido entrar en la plaza de la Batalla. Dejamos el coche frente al Teatro Nacional, nos acomodamos en el hotel, algún problema en la recepción y… A buscar la oficina de información. Una nos queda cerca. En la plaza Joao I. Cogemos un plano y, no sin titubeos, a callejear. Oporto es callejear y callejear. Como toda ciudad hermosa que se precie.

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