Por Mateo Marco Amorós
La Historia deja huellas en el callejero. Los cambios del nombre de plazas y calles son señal que nota algún acontecimiento relevante. Hechos o personajes significativos determinan la nomenclatura cambiante. En la España de quita y pon, buen ejemplo de ello es la plaza de la Virgen en Valencia. Así denominada después de la Guerra Civil pero que según avatares ha variado su nombre en el tiempo.
A saber, como lo documenta Luis Fernández Gimeno, denominada de la Seu, de les Corts y de la Palla en sus orígenes desde el siglo XVI, de la Mare de Déu dels Desamparats en el XVIII, de Fernando VII cuando la guerra de Independencia, de la Catedral en 1812 y posiblemente del Estatuto cuando la dominación francesa, de la Constitución –la de Cádiz– en 1813, Real Plaza de Fernando VII cuando la vuelta del rey, nuevamente de la Constitución en el Trienio Liberal, de la Seo/Fernando VII durante la Década Ominosa, otra vez de la Constitución tras la muerte del Borbón –paradojas del sentir popular– Deseado y Felón, de la República Federal cuando la Primera República, de la Constitución nuevamente tras la Restauración y hasta 1937 cuando en plena guerra se propuso el nombre de Vinatea; y en la posguerra, lo dicho, plaza de la Virgen o Mare de Déu. Que Mare de Déu es como los valencianos llaman a la Virgen.
El catedrático de Derecho Constitucional, Joaquín Varela, en su libro Historia constitucional de España –editado, prologado y acabado por el profesor Ignacio Fernández a requerimiento ineludible de Varela– alude al devenir del nombre de la plaza referida cuando Fernando VII regresó del exilio.
Varela, atendiendo el estudio de Luis Sánchez Agesta sobre las primeras cátedras de Derecho Constitucional en España, considera mal presagio el que en Valencia, el veintitrés de abril de 1814, se arrancara la placa de la Plaza de la Constitución sustituyéndola, en la emblemática fecha del dos de mayo, por la de Real Plaza de Fernando VII. Dos días más tarde, Fernando VII firmaba en Valencia el decreto que ponía fin al régimen liberal y… ¡Vivan las caenas!






