Por Mateo Marco Amorós
Cuando viajo, visitando una ciudad, si cuenta con algún museo o edificio interesante, siempre me acosa el mismo dilema: echar la mañana, la tarde o el día entero visitando alguno de esos monumentos o museos o seguir paseando la urbe; viviéndola, sentándome en alguna terraza o en un banco en una plaza, cogiendo un autobús que me lleve a algún barrio, intentando ser como un residente más antes que turista.
Lo de pasar el día entero en un museo, lo hice en una ocasión. Fue en Orsay, acompañado de mi paisano Joaquín Navarro García; cuando Joaquín no era todavía Hijo Predilecto de Villena pero me descubrió que lo de Joaquinito –así le conocía la gente– era caricatura cariñosa que disimulaba su gigante sensibilidad artística entre otras facultades y sabidurías. Aquel día, por no perder tiempo comiendo, nos zampamos en un plis plas una baguette en la terraza de la pinacoteca impresionista. Cuando esta terraza no era el bar elegante de ahora. También, en otra ocasión, eché con mi familia una mañana entera en la catedral de Burgos. Esto entre otros ejemplos. Situaciones de las que no me arrepiento aun habiendo sacrificado lo que más estimo, ese pasear fisgón y tranquilo encarnándome intruso en la ciudad visitada.
Si cuento esto es porque si en Polonia van a Danzing/Gdansk y les tienta pasearla de arriba abajo, de puerta a puerta, Dorada y Verde, por la calle Dluga, una y otra vez sin parar; como si les tienta vagar por las orillas del Vístula y Motlava y acomodarse en una terraza para tomar un café o una cerveza observando a la gente, también vale la pena reservar un tiempo para visitar el Museo de la Segunda Guerra Mundial. Por imprescindible. No tengo palabras para describirlo, hay que verlo.
La visita nos pone ante el naufragio de la humanidad. Curiosos del pasado, importándonos la Historia, asumimos por su constancia las guerras como condición normal. Pero estupefactos, el museo nos recuerda todo lo miserables que habiendo sido podemos llegar a ser. El edificio que lo alberga es un cubo irregular inclinado, vencido como nuestro devenir.





