Por Mateo Marco Amorós
Contemplar el ocaso de un día luminoso teniendo como punto de fuga la torre de la Higuera en la playa de Matalascañas, el sol fundiéndose sobre el mar, una cerveza consumida a tragos cortos, agotándose todo, invita a reflexionar sobre el esplendor y la decadencia, sobre el auge y el deterioro, sobre el éxito y el fracaso, sobre el orgullo. Porque la torre que fue sólida torre almenara ya no es torre, sino peña o tapón, piedra solo; como popularmente la conocen los paisanos.
La torre de la Higuera, fábrica de finales del siglo XVI para vigilancia de la costa, hermana atlántica de nuestras torres levantinas, preventivas todas contra las razias de corsarios y piratas berberiscos en aquellos tiempos del Mediterráneo que fascinaron entre otros a los hispanistas Fernand Braudel y Bartolomé Bennassar, fue torre robusta hasta que el terremoto de Lisboa, el de 1755, la volteó desde el acantilado dunar a la playa, dejándonos lo que vemos: sus cimientos, su base invertida que hace que parezca tapón. La marea, subiendo y bajando; las olas, una y otra, otra y otra; los vientos violentos de las borrascas atlánticas penetrando por el suroeste y el mocerío irresponsable utilizándola de trampolín cuando el nivel del agua lo permite, arruinan la argamasa, deteriorándola. De la misma manera, en nuestras vidas, la arrogancia, el triunfo, el lustre y la altivez.
Nacemos inconscientes, pero crecemos y nos levantamos ufanos, creyéndonos fetén, lo mejor de lo mejor; nos pavoneamos hasta… Hasta que un día cualquier golpe llega y nos rebaja los humos. Con el tiempo evidenciamos las ínfulas ridículas de la vanidad, hiriendo de muerte toda soberbia, aprendiendo de los espejos que no mienten.
Conscientes en el escombro, sobrevivimos como torres heridas por los rayos, derrotadas por los seísmos de la vida. Atentos para necesariamente ser despojados de fanfarronerías, tomando conciencia para preservar lo esencial: el estar vivos y servir. El último trago de cerveza, amargo de lúpulo amargo, el sol huido, coincide con un horizonte salpicado de tonos rosados, naranjas, rojos, amarillos y con lo que de la torre queda: mera sombra, mera sombra chinesca.





