Anatomía de la melancolía: El alma en movimiento

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Por Mateo Marco Amorós

Fotografía de Joaquín Marín

Al compañero Ascensio Pérez Vilella

Paradojas del destino, circunstancias que no vienen al caso, han procurado que en los días en que estrenamos nuestra jubilación cayera en nuestras manos una edición facsímil del «Discurso económico-político en defensa del trabajo mecánico de los menestrales, y de la influencia de sus gremios en las costumbres populares, conservación de las artes, y honor de los artesanos», opúsculo firmado por Ramón Miguel Palacio e impreso en Madrid en la imprenta de D. Antonio de Sancha en 1778.

Ramón Miguel Palacio es seudónimo de Antonio Capmany y Surís de Montpaláu –o en catalán Antoni de Capmany de Montpalau i de Surís– exmilitar, literato, historiador… que dedicó el citado discurso a Campomanes, demostrando un gran aprecio por el ilustrado contra el que no obstante años atrás había polemizado defendiendo los gremios en otro discurso precedente al que citamos; precedente reeditado en 1788. Apología de los gremios, que también distanció a Capmany de Jovellanos, claramente manifiesta en el texto que nos ocupa.

Entretenerse en la lectura de este bello documento en defensa del trabajo estrenando jubilación, lejos de parecer frivolidad y sarcasmo –o hasta para algunos provocación– da sentido a nuestro nuevo estado. Por un lado, por recordarnos desde un racionalismo empírico, contrario al especulativo, las virtudes que siendo laboriosos hemos gozado gracias a los dones del trabajo; por otro, los riesgos de una ociosidad inactiva. Esto último es lo que nos importa.

Hay quienes defienden el placer de no hacer nada. Hasta lo dicen en italiano: «dolce far niente». Tienen razón. Pero atendiendo ciertas pinceladas del elocuente ensayo de Capmany conviene evitar la mortificación del ocio. Que es riesgo de la inacción y de la vida muelle. Porque para vivir feliz, para gozar, es importante tener el alma en movimiento. Y esto supone tener inquietudes, afanes que nos dinamicen. Que implican quehaceres. Por ello, sin poder olvidar nuestra profesión, el ensayo resulta una joya de oratoria, un exquisito ejemplo de argumentación dialéctica, de excelente Retórica, eso que llamándole de otras maneras o ni siquiera llamándole quiere recuperar la escuela para una mejor formación del alumnado. Cosa que aún nos preocupa. Siempre.

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