Por Mateo Marco Amorós
«¡ESPAÑA UNA Y PARA TODOS IGUAL!» clamaba y reclamaba el texto de una octavilla anónima dirigida a los barceloneses en 1951 invitándoles a no utilizar el tranvía. «Barceloneses –decía– si eres un buen CIUDADANO a partir del 1º de Marzo y hasta que igualen las tarifas de la Compañía de Tranvías con la Capital de España (…) TRASLÁDATE A PIE a tus habituales ocupaciones (…)». Esto, como protesta contra la subida del billete que de 50 cts. pasaba a costar 70, mientras que en Madrid valía 40. El historiador Juan Carlos Losada lo cuenta con detalle en el número de marzo de LA AVENTURA DE LA HISTORIA.
La reivindicación de una España única y equitativa entra en la lógica humana de desear lo bueno que tengan otros frente a lo malo que me pueda tocar. Si no más y mejor, al menos lo mismo. En la universalidad solidaria no caben las diferencias, lo ecuménico exige ras social. Por ello, antes que nacionalista prefiero ser internacionalista. El nacionalismo excluyente, determinando lindes geográficas e incluso absurdamente lingüísticas e ideológicas, me aleja de prójimos, abriendo muchos posibles a la desigualdad. Cabe el sentirse orgulloso de una cuna, de una lengua, de unas tradiciones particulares; cabe defender una identidad. Pero si ese orgullo es frontera y alimento que ceba las diferencias con otros, nefasto y maldito orgullo es.
El humorista gráfico, José María Nieto, en la viñeta «Fe de ratas» publicada en ABC el 19 de enero pasado, dibuja dos roedores frente a una fuente pilón con dos grifos. Uno es un caño sencillo bajo el epígrafe «ESPAÑOLES EN GENERAL»; el otro conducto, más sofisticado, bajo el rótulo «CATALANES» ofrece la opción de agua y hielo. Una de las ratas explica: «Es una fuente pública pagada con el nuevo modelo de financiación autonómica».
La crítica queda clara denunciando el último modelo de financiación propuesto por el gobierno, un modelo que pone en crisis el basado en el principio de ordinalidad, ese que aun garantizando la posición relativa en recursos por habitante a las comunidades tampoco satisface al nacionalismo insaciable. ¿España una e igual para todos?, pregunto.






