Vaciando el aire de las caracolas…CXXVII

Abejas
Mateo Marco Amorós

Abejas

Un día lloró el dios Ra, dios del sol, y sus lágrimas cayendo al suelo se transformaron en abejas. Es por ello que en el Antiguo Egipto se relacionaba a las abejas con el sol. Viendo en ellas un símbolo también del alma. No sé si por esto en los días de Difuntos he sentido en la soledad de la madrugada un leve aleteo entre el silencio de muertos. Silencio de campanadas a muerto. Porque muchas veces he sentido un leve zumbido llenando los espacios de la casa apagada. Un delicado rumor como de abejas libando por el hogar. Revoloteando entre los retratos de los nuestros perdidos. Sorbiendo el aceite donde flotan las mariposas luminarias. Lamparillas luminosas encendidas, crepitando el cartón de naipe al consumirse. Una por el alma de cada pérdida de los nuestros. Alguna más por cualquier alma perdida. Por si acaso. Vibrando de luz las sombras.

Desde pequeño siento la mañana del día de Difuntos con cierta pesadumbre. Tierna pero pesadumbre. Día que era ya fresco en Villena. Mi madre nos levantaba temprano. Ventilando de fríos la casa y azuzándonos para tener dispuestas las camas para las almas que dicen que descendían este día. Acaso como abejas. Y si no era miedo porque las almas de los muertos que habrían de venir eran familiares, sí que era misterio. Y sentía una pesadez de niebla. Niebla de primeros de noviembre. Niebla sobre los campos y calles. Niebla envolviendo la memoria de los que se fueron. Nublando los espacios perdidos. Espacios que no obstante, soñando, aún veo. Como ahora.

Y veo –me veo– en la misma escena que ya hemos contado en alguna ocasión: Que estoy en el porche enlosado de piedras de simón de la casa de mi abuelo. Un porche fresco y una casa donde se fueron los primeros que se nos fueron. Y estoy allí mirando hacia la extraordinaria escalera desde donde alguien me llama. Conduciéndome entre sedas hacia aquellas habitaciones desusadas. Habitaciones donde estaban colgados en la pared blanca los crucifijos arrancados a los féretros donde enterramos a los nuestros. Costumbre de abuelo Mateo que perpetuaba la pena. Allí estaban colgados para llorar. Recordándonos quién. Recordándonos cuándo. Recordándonos cómo. Recordándonos.

Me despierto lacrimoso pero sintiendo ternura por haber sabido a los nuestros que ya no están. Era como susurro de abejas. Ligero aleteo. Señor, dales descanso eterno y brille ante sus ojos la luz perpetua.

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