Por Mateo Marco Amorós
A finales de septiembre, coincidiendo con mi cumpleaños, la entidad bancaria que custodia mis batallados ahorros, felicitándome, tuvo la ocurrencia de informarme de los kilómetros que, hasta la fecha, en mis sesenta y tres años de vida he recorrido alrededor del sol. Un total de cincuenta y nueve mil doscientos veinte millones –sí millones– de kilómetros. ¡Cincuenta y nueve mil doscientos veinte millones de kilómetros, resultado de novecientos cuarenta millones de kilómetros por año! Aun siendo el recorrido a lomos de la Madre Tierra, que también me derrota en rotación, pienso si será por esto por lo que estoy cansado.
En la misma felicitación, la entidad financiera me alienta comparando mi periplo traslacional con el de Urano, Neptuno y Plutón, informándome de que lo que yo, como cualquier terrícola, recorro montado en la tierra en un año terrestre, Urano necesita ochenta y cuatro, Neptuno ciento sesenta y cinco y Plutón… —Plutón, ni ha empezado —dice la felicitación animándome por lo conseguido. —Un cumpleaños para seguir brillando más —añade. Agradecido estoy.
Acepto los datos y no me entretengo en corroborarlos pero… Sí me intereso por el caso del enano Plutón porque me extraña su hipotética parálisis. Y aprendo que no. Que está en marcha. Y que necesita doscientos cuarenta y ocho años terrestres para completar su órbita traslacional. Así que Plutón, desde su descubrimiento en febrero de 1930, habiendo recorrido desde entonces casi el treinta y nueve por ciento de su órbita excéntrica e inclinada, la completará –desde su descubrimiento, insisto – en el año 2178.
Volviendo a la felicitación, concluye muy complaciente, asegurándome que en estos años he aprendido cosas nuevas, viajado a sitios diferentes, conocido a nueva gente… ¡Y sin traje espacial! No le falta razón. Porque viviendo aprendemos nuevas cosas. Y pudiendo viajar, viajamos. Y conocemos a nueva gente. Lo del traje… Si no espacial, sí especial. Me explico: para vivir a lomos de la Tierra, de esta Tierra que maltratamos, he sentido muchas veces la necesidad de un traje especial. Unas veces de camuflaje, para pasar desapercibido; otras, disfraz, para simular. Y tantas veces desnudo, como cuando escribo.





