Por Mateo Marco Amorós
Escribe María Engracia Sigüenza Pachecho: Crecí en los jardines del sol. Y había dolor, siempre lo hay, pero en mi memoria prevalece la belleza. Y tras punto y aparte, añade: Hoy habito a orillas del mar, en cuyas luminosas praderas aguarda mi destino. Y aún sigo en brazos de los dioses. Con estos párrafos cierra la autora el último de los relatos publicados por Olé Libros bajo el título El dolor y la belleza; párrafos que Javier Puig destaca como médula del libro. Tampoco le falta razón a Puig cuando califica a Sigüenza como escritora de raigambre indiscutiblemente poética; rasgo –considero– que no invalida su capacidad narrativa sino que la potencia. Sirvan de ejemplo imágenes como dedos alados, pelo que parecía trigo, en la niebla del sueño, pueblos que por la noche se extendían como un manto de luciérnagas, laderas bordadas, cascada de balcones… Y así.
Poesía e introspección caracterizan los relatos. En ellos no falta el acontecer, pero por encima de todo importa el sentir de los protagonistas, su alma; las quietudes e inquietudes. El trato psicológico de los personajes es magistral –no quedan ajenas la formación científica ni la experiencia profesional de María Engracia– reconociéndolos en sus sentires más profundos. Hay retratos físicos en lo contado, pero importan más los retratos del ánimo. Haciendo más persona a los personajes.
Algunas historias, también lo advierte Puig en el prólogo, no se resuelven; elipsis que potencia el desasosiego sospechando lo peor. El recurso aviva la inquietud. En algunas historias escasos rasgos son suficientes para arropar la trama. Por ejemplo, en el titulado «Posguerra» el contexto justo lo dice todo: escenario oscureciéndose, avituallamiento frugal, recuerdo represivo, miedo, incertidumbre. O en «Lesbos», segunda parte de «Vidas», donde la enumeración, el simple inventario de unos objetos a la deriva, denuncia la tragedia de un mar cementerio: zapatito de niña, diadema, mochila, bolsita con un peine, cepillo de dientes color rosa…
Al cabo, Sigüenza relata realidades que alimentan el dolor, unas, y la belleza otras: inmigración, trata, transexualidad, bullying, depresión, suicidio, maltrato, violación, soledad, amor, esperanza, tolerancia, cultura… ¡La vida!, sí: dolor y belleza.





