Signos

Publicidad

Imagen de Joaquín Marín

Por Mateo Marco Amorós

A finales de marzo, editado por Loto Azul, me llegaba el poemario Signos, de Alejandro Lorente. Me llegaba con una nota manuscrita del autor en la que lo definía como «telúrico, íntimo y ecológico». Significantes esdrújulos que al margen de albergar la contundencia del acento prosódico en la antepenúltima sílaba, importan por su significado. Especialmente, tratándose de poesía, los dos primeros. El tercero, por lo que implica en nuestro mundo de natura expoliada. Lo telúrico, pies en el suelo. Porque el poeta, por muchos pájaros que el tópico común aprecie o quiera apreciar en su quehacer literario, es importante que sepa donde pisa. Lo íntimo, porque con mayor o menor voluntad, el vate indaga en sí, desnudándose. Y lo ecológico como necesidad, aquí y ahora, si queremos seguir viviendo.

El poemario se estructura en cuatro capítulos: «Agua», «Tierra», «Fuego» y «Aire». Leyéndolo, vislumbro una voluntad de despojarse de los lastres (el ego, lo material de nuestro ser, la memoria selecta y tramposa…) que dificultan la fusión con los elementos naturales apreciados. Porque lo que se anhela, me parece, es el flujo, el continuo fluir. Manifiesto principalmente en «Agua». Si Ángel González derrochaba ironía y acidez en sus «Glosas a Heráclito», Lorente explota el fluir heraclíteo convirtiéndolo en el leitmotiv de Signos.

Luis García Trapiello apunta en la introducción que cada capítulo parece una ruptura con la poética anterior hasta hacerse gaseoso, llegando a poemas más cortos, ligeros y volátiles. Efectivamente, cada capítulo parece una ruptura. Parece ruptura que no es. Porque los poemas se engarzan como cerezas en cesta. Uniendo sus títulos, resulta un poema sugestivo. Porque los títulos son también primer verso o primeros versos del poema que nombran, consecutivos incluso del último verso del poema anterior, creando un engranaje que convierte el libro –o puzle– en un canto único, en un único encanto.

Los poemas trabados y los elementos apuntados por los presocráticos, todo parece pesar en la voluntad del poeta por dejarse ser fundido, confundido, co-fundido o fusionado en el universo por las esencias básicas del mismo. Porque… Porque todo / sigue, el viento continuará… Aun sin nosotros.