Por Mateo Marco Amorós
No había terminado de leer la primera edición cuando me llegó, corregida y aumentada, la segunda del ensayo Cela, Soler y Rojas con Baroja al fondo. Intenciones y averiguaciones de una correspondencia, obra de Gastón Segura editada por León Shoes, empresa de Julio Guillén Domene. Obra de buena hechura, amena y con un anexo documental tan necesario como interesante.
Arranca el ensayo con un liminar preocupado por la pérdida de la tradicional correspondencia epistolar. Preocupación razonable porque leyendo el libro se demuestra el valor de las cartas, misivas que revelan anécdotas muy sabrosas, retrato de los remitentes y personajes que citan, desnudando cuitas e intereses.
Para mí, el mejor parado –sin desmerecer a los demás– es Alfredo Rojas Navarro. Firmo lo que de él afirma Segura: Rojas se distinguió en cada una de sus empresas públicas por dotar de decoro –si no ya de brillo– al acontecimiento local; eso sí; sin desnaturalizarlo; al contrario, buscando desde la máxima fidelidad que sus paisanos valorasen y se enorgulleciesen de ese genuino patrimonio, pues solo conseguido este aprecio, se preservaría.
Alfredo Rojas, que confesaba no admitir más supremacía ni más aristocracia que la del talento, fue fundamental para que Camilo José Cela pudiera disponer de las cartas que a principios del siglo pasado cruzaron en su juventud Baroja y Azorín; sirvió a Cela de puente para conseguir esas cartas que el Nobel aprovecharía con ingenio en artículos y conferencias. De todo ello resulta curiosa esa relación entre un escritor de renombre internacional, Cela, con otro de renombre local y comarcal, Rojas, donde el dispar hinterland de popularidad no merma la dimensión humana y humanística de los correspondientes. O más, desvela la enorme grandeza del «desconocido». Con todo, por si leyendo el ensayo de Segura cupiera la tentación de pensar que Cela no fue todo lo generoso que debiera con Rojas, cabría recordar y anejar el artículo que el Nobel publicó en ABC (05.05.1995) reconociendo una pertinente corrección de su culto amigo don Alfredo R. N., hombre de atentas lecturas y muy claro juicio, que con generosa benevolencia me puso las peras a cuarto sin herirme.





