Por Aynara Navarro Juan
Hay semanas en las que el mapa del mundo parece dibujarse a brochazos. Lula revalida en Brasil. En Serbia, un movimiento nacido de las protestas estudiantiles derrota a Aleksandar Vučić después de más de una década de poder. En Estados Unidos, Donald Trump pierde el control del Congreso y del Senado. En Israel, Benjamín Netanyahu gana su partido, pero no una mayoría para gobernar, queda a merced de un Parlamento que ya no controla. Y Peña, ya ex presidente de Paraguay acaba de dimitir tras el colapso de un banco del que fue accionista.
No son países intercambiables ni victorias idénticas. Pero comparten una idea, cuando el poder promete que no hay alternativa, las democracias todavía conservan la capacidad de corregirlo.
La noticia geopolítica no es la caída definitiva de la derecha (esta frase solo alimenta la siguiente decepción) sino el final de su pretendida inevitabilidad. Trump, Bolsonaro, Orbán, Milei, Netanyahu o Vučić no eran solo dirigentes; eran la promesa de una época basada en el nacionalismo agresivo, el desprecio por las instituciones y la búsqueda permanente de enemigos.
Las urnas han empezado a recordar que ninguna época es inevitable
La derrota republicana en Estados Unidos es quizá el ejemplo más elocuente. No porque los demócratas hayan encontrado una fórmula mágica, sino porque las y los ciudadanos han decidido que incluso el presidente de la primera potencia del mundo debe tener límites. El Congreso vuelve a ser un contrapeso, una palabra poco épica, pero decisiva para evitar que la democracia se convierta en el capricho de quien gana. Y conviene no olvidar por qué se votó así (los precios, la incertidumbre y la sensación de que el ruido no resuelve la compra de la semana),
Serbia merece más atención de la que solemos prestarle desde el extremo occidental de Europa. Su resultado es la consecuencia de dos años de estudiantes, familias y trabajadores que se negaron a asumir la corrupción y la impunidad tras la tragedia de Novi Sad. Han votado que el Estado no puede tratar a sus ciudadanos como figurantes.
Y eso debería interesarnos en España. El 29 de noviembre no será una réplica de Washington, Belgrado o São Paulo. Aquí pesan la vivienda que expulsa a quienes trabajan, la precariedad y la fatiga de una conversación pública que confunde discrepancia con demolición. Ningún resultado exterior pagará un alquiler en Alicante, pero todos obligan a escoger entre quienes convierten el malestar en combustible para el miedo y quienes se empeñan en transformarlo en derechos y soluciones públicas.
Importa que Vox pierda la comodidad de presentarse como la sucursal española de una ola mundial irresistible. E importa que el PP aclare si quiere seguir el rastro de esa ola o recuperar la tradición de una derecha europea que entiende que las instituciones no son un estorbo. Frente a ambos, el PSOE encarna una alternativa que no necesita inventar enemigos. Políticas de vivienda, mejores salarios, servicios públicos que funcionen y la ambición de que el ascensor social vuelva a arrancar.
La política exterior no vive en un satélite. Cuando Trump amenaza con aranceles, los cítricos valencianos no entienden de abstracciones geopolíticas. Y cuando la extrema derecha normaliza la crueldad con los migrantes o convierte a las minorías en chivos expiatorios, ese lenguaje viaja rápido, entra en nuestros móviles, en las tertulias y después en las instituciones.





