Por Mateo Marco Amorós
Cuando escribí sobre la visita imprescindible al Museo de la Segunda Guerra Mundial en Danzing/Gdansk, dije que por su constancia asumimos las guerras como condición normal. Triste asunción. Incluso, añado hoy, hay historiadores que las valoran como activos motores económicos. Al menos a corto plazo. A saber, entre otras razones, por incrementar el gasto público en defensa, por impulsar el Producto Interior Bruto elaborando suministros para el ejército, por aumentar el empleo y acelerar la innovación tecnológica. Como ejemplo de tal dinamismo económico suele citarse el caso de Estados Unidos y la Segunda Guerra Mundial. En 1939, Estados Unidos todavía sufría los efectos de la Gran Depresión; cinco años más tarde, mediando la guerra mundial, presentaba cifras de pleno empleo.
Esta tesis parcial es peligrosa y falaz. Peligrosa porque tienta a ver la guerra como factor dinámico fructífero; falaz porque el hipotético beneficio frena el desarrollo de otros capitales. La historiadora italiana Vera Zamagni, en el prefacio a su Historia económica de la Europa contemporánea, lamenta que Europa en su devenir histórico, tras la Revolución Industrial, no comprendiera que «el progreso económico es enemigo de la guerra, porque la guerra interrumpe aquella acumulación de capital físico, humano y social que es estratégica para el mismo progreso». El progreso, entonces, está reñido con la guerra.
En 1850, el francés Frédéric Bastiat en su ensayo sobre los costes de oportunidad, titulado Lo que vemos y lo que no vemos, ya desmontaba la trampa que escondía la teoría de la ventana rota, esa que convierte el vandalismo en favor social. Un niño rompe el escaparte de un comercio, el comerciante tiene que cambiar el cristal roto beneficiando al cristalero, el cristalero beneficiado compra pan favorenciendo al panadero, el panadero compra zapatos beneficiando al zapatero y… Beneficios en cadena son beneficios.
Pero Bastiat, recordando el cristal roto inútilmente, nos advierte sobre los costes escondidos. Porque un cristal roto inútilmente es un cristal roto que supone una pérdida al comerciante, comerciante que sin necesidad de reparar el escaparate podía activar la cadena de beneficios comprando pan al panadero y… La destrucción no es beneficio, no.






