El Padre Francisco de Orihuela, el Venerable de La Aparecida que aguarda su elevación a los altares

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Francisco Simón Ródenas, Padre Francisco de Orihuela. Fuente: Alberto Espinosa

Nacido en la pedanía de La Aparecida en 1849, Francisco Simón Ródenas llevó una vida marcada por la humildad, la penitencia y la vocación misionera. Un camino de fe que llevó a lugares como Francia y Colombia. En 2014, el Papa Francisco reconoció sus virtudes heroicas y lo declaró Venerable, pero su camino hacia la beatificación permanece pendiente de un milagro atribuido a su intercesión

Hay vidas que parecen ir destinadas a caminar en una única dirección. La de Francisco Simón Ródenas, conocido popularmente como Padre Francisco de Orihuela, es un gran ejemplo, en la que la fe fue el eje central de su vida. Un viaje vital que comenzó en la pedanía oriolana de La Aparecida, atravesó el corazón de Europa, viviendo en Francia, y terminó cruzando el charco para llevarle hasta las misiones en Colombia, donde acabaría convirtiéndose en obispo de Santa Marta. Entre ambos extremos hay una historia de vocación, sacrificio, pobreza, evangelización y servicio al prójimo que, más de un siglo después de su muerte, continúa viva entre quienes le conocieron a través de sus familias, de quienes rezan ante su recuerdo y de quienes trabajan para que su figura vuelva a ocupar un lugar destacado en la memoria de Orihuela.

En ese camino de fe, la Iglesia ha dado un paso decisivo. En abril de 2014, el Papa Francisco reconoció oficialmente las virtudes heroicas del Padre Francisco, concediéndole el título de Venerable. El reconocimiento supone que la Iglesia considera que vivió las virtudes cristianas de manera heroica, un paso previo y necesario para su beatificación. Para llegar a los altares, es necesario que se reconozca un milagro atribuido a su intercesión. Y ahí se encuentra, actualmente, el principal obstáculo para una causa que sus familiares y devotos consideran que merece un nuevo impulso.

Pero para comprender por qué todavía hay personas que trabajan en mantener viva esta causa, hay que ir hasta sus orígenes, en el corazón de la huerta. 

Un niño que dormía en el suelo

Francisco Simón Ródenas nació el 2 de noviembre de 1849 en la pedanía oriolana de La Aparecida. Hijo de Primo Simón y Ana Ródenas, fue bautizado ese mismo día con los nombres de Francisco Ángel Primo. Desde muy pequeño, según los testimonios conservados por su familia y las biografías sobre su vida, comenzó a mostrar una especial inclinación por la religión.

Una de las historias familiares que mejor retratan aquella personalidad habla precisamente de su forma de entender la humildad. Francisco dormía en el suelo, pese a disponer de una cama. La segunda esposa de su padre, al comprobar que la cama del muchacho aparecía siempre perfectamente hecha, terminó preguntándole por qué se preocupaba de hacerla. La propia mujer acabó descubriendo que el pequeño Francisco prefería dormir directamente sobre el suelo.

No se trata únicamente de una anécdota curiosa. En la trayectoria posterior del religioso, aquella austeridad se convertiría en una constante. La pobreza, la penitencia y la renuncia no fueron para él una etapa, sino una manera de entender su vocación.

Su familia conserva todavía el recuerdo de aquella figura. Alberto Espinosa, uno de sus familiares, explica que la historia del Padre Francisco ha ido pasando de generación en generación a través de su abuela paterna, Teresa Pérez Simón, cuya madre, Ana María Simón, era hija de un hermano del religioso. “Mi abuela siempre hablaba de él. Siempre fue una figura muy presente en el día a día y en la familia”.

El encuentro con san Antonio María Claret

Pero hubo un encuentro durante su infancia que, según la tradición familiar, quedó especialmente grabado en su camino vocacional. En 1862, la reina Isabel II visitó Orihuela acompañada por el entonces padre Antonio María Claret, quien posteriormente sería canonizado. Durante aquella visita, la comitiva pasó por La Aparecida y se produjo una recepción en casa de un familiar de Francisco, donde casualmente se encontraba el pequeño. Según el relato transmitido por su familia, Claret se fijó en él y le dijo: “Tú serás religioso”.

Para Alberto Espinosa, aquel encuentro representa uno de los momentos simbólicos de la historia del futuro capuchino. Años después, el propio Francisco acabaría convirtiéndose en religioso y misionero, y su vida tomaría un rumbo que le llevaría muy lejos de aquel pequeño pueblo de la huerta oriolana.

Esa transmisión familiar es hoy una de las vías por las que se mantiene viva la memoria de un hombre sobre el que, según sus allegados, se ha perdido buena parte de la documentación original, a consecuencia de vicisitudes como la Guerra Civil.

Una vocación que no encontró su lugar a la primera

Francisco estudió en el Seminario de Orihuela y recibió la ordenación sacerdotal el 22 de mayo de 1875. Quería dar un paso más y abrazar la vida religiosa, pero se encontró con una dificultad que no dependía de él: las órdenes religiosas estaban suprimidas en España. Su vocación, sin embargo, no desapareció.

En 1876 marchó a Francia y entró en la abadía trapense de Nuestra Señora de Divielle, próxima a Dax, en el sur del país. Allí permaneció tres años y medio, hasta que el Gobierno francés decretó la expulsión de los religiosos extranjeros. Aquella circunstancia, lejos de ser un hándicap, fue como una nueva oportunidad para Francisco.

Fue entonces cuando encontró su lugar entre los capuchinos. Ingresó en el noviciado de Pamplona el 8 de mayo de 1880, y emitió su profesión religiosa al año siguiente. Su paso por los conventos de l’Ollería, Orihuela y Massamagrell estuvo marcado por una vida extremadamente austera. Predicó en misiones populares y dedicó buena parte de su ministerio al sacramento de la reconciliación. Quienes hoy reivindican su figura insisten en que, antes que cualquier relato extraordinario, lo que define al Padre Francisco es precisamente su fidelidad a la Iglesia, su amor a Jesús y a la Virgen y su preocupación constante por los pobres.

El Padre Francisco de Orihuela. Fuente: Alberto Espinosa

Rumbo a Colombia: de misionero a obispo

En diciembre de 1891, el Padre Francisco de Orihuela embarcó con una expedición de misioneros capuchinos destinada a La Guajira, en Colombia. Allí comenzó una de las etapas fundamentales de su vida. Se dedicó a la catequización de los indígenas, estuvo al frente del Seminario Diocesano de Santa Marta, ejerció como párroco de Nuestra Señora del Rosario de Barranquilla y ocupó responsabilidades como superior de distintas residencias misionales.

Regresó temporalmente a España en 1898 para ejercer como maestro de novicios de la recién restaurada provincia capuchina de Valencia, pero su destino seguía estando al otro lado del Atlántico. En abril de 1900 volvió a Colombia como superior de la misión de La Guajira.

Allí demostró, según las referencias históricas sobre su trayectoria, celo apostólico, constancia y capacidad de gobierno. La misión no era sencilla: las distancias, las condiciones geográficas y climáticas y las dificultades de evangelización de algunos grupos indígenas exigían una enorme dedicación.

En diciembre de 1902 murió el obispo de Santa Marta, Rafael Celedón, y Francisco fue nombrado vicario capitular de la diócesis. Un año después, el 18 de diciembre de 1903, el papa Pío X lo nombró obispo de Santa Marta. Recibió la ordenación episcopal el 30 de octubre de 1904 en Barranquilla.

La propia Diócesis de Santa Marta reconoce, hoy en día, su paso por la sede episcopal y sitúa durante su gobierno la restauración de la catedral y la construcción de una nueva bóveda. Su recuerdo sigue muy vivo en aquellas tierras, y no son pocos los fieles los se encomiendan a él para sus favores y peticiones.

Un obispo que no abandonó a los necesitados

El episcopado no cambió su forma de entender la vida. Durante los ocho años que estuvo al frente de Santa Marta realizó tres visitas pastorales a una diócesis extensa, impulsó la catequesis, se restauraron no pocas parroquias, se dotó a los templos de ornamentos sagrados y trabajó para mejorar la formación de los seminaristas. Uno de sus proyectos más importantes fue la construcción de un nuevo edificio para el Seminario, con el objetivo de proporcionar mejores condiciones humanas y religiosas, ya no sólo a los futuros sacerdotes. El Seminario Mayor fue, durante algún tiempo, un lugar abierto e incluyó a jóvenes que no tenían vocación sacerdotal. Es por ello que en él, según los testimonios de la época, se formaron muchos ciudadanos, que con el paso del tiempo fueron personajes de relevancia en aquella región. Tanto así que un documento de 1901 refiere que el Seminario Mayor «cuenta con un lúcido cuerpo de profesores de reconocida competencia».

También prestó especial atención a los pobres y necesitados. De esa época destaca que mantuvo su estilo de vida penitente y pobre, incluso después de convertirse en obispo, dedicando sus recursos a distintas obras de carácter social y religioso.

Para Paquito Simón, familiar del religioso y portavoz del Grupo de Amigos del Padre Francisco, esa huella debería tener un mayor reconocimiento también en su tierra natal. “En Santa Marta es muy querido y se tiene un gran recuerdo de él”, sostiene. Según explica, se han intentado recabar apoyos en Colombia para reimpulsar la causa de beatificación.

El Padre Francisco de Orihuela en sus últimos días. Fuente: Alberto Espinosa

La enfermedad y el regreso a España

En 1911, el estado de salud de Francisco comenzó a deteriorarse de manera progresiva. Regresó a España y finalmente presentó su renuncia al obispado, que fue aceptada el 2 de diciembre de 1912. Tras su vuelta a nuestro país, se retiró al convento capuchino de Santa María Magdalena, en la localidad valenciana de Massamagrell. Allí pasó sus últimos años. Y también allí, según la tradición conservada por sus allegados, quiso mantener hasta el final la austeridad que había caracterizado toda su existencia.

En los albores de la Primera Guerra Mundial el 22 de agosto de 1914, Francisco Simón Ródenas, el Padre Francisco de Orihuela murió en Massamagrell. Tenía 64 años. Una fecha adquiere, además, un significado especial dentro de la tradición familiar. Francisco era profundamente devoto de la Virgen y habría expresado su deseo de morir en una fecha relacionada con ella.  Se cuenta que él mismo tuvo la sensación de que fallecería el 15 de agosto, solemnidad de la Asunción. Murió en su octava, la festividad de Santa María Reina y, según el testimonio transmitido por su familia, lo hizo tumbado en el suelo, tal y como había vivido durante tantos años.

Su vinculación con Pío X

Existe otra historia, vinculada a su muerte, especialmente arraigada en la memoria familiar. El Padre Francisco había tenido una relación cercana con el Papa Pío X, a quien habría visitado durante sus estancias en Roma con motivo de sus visitas ad limina. Alberto Espinosa explica que ambos mantenían una buena sintonía, y que Francisco tenía una especial preocupación por la salud del pontífice. “Él no dejaba de pedir por el Papa y predijo que se iría cuando el Papa muriese”, relata Alberto.

Pío X murió el 21 de agosto. El Padre Francisco falleció al día siguiente. La coincidencia alimentó todavía más la fama de santidad que ya rodeaba al religioso. A sus funerales, según los testimonios de sus allegados, acudieron numerosos fieles.

De la fama de santidad al título de Venerable

La fama de santidad no desapareció con su muerte. La causa de canonización comenzó a tomar forma décadas después. Los procesos informativos se desarrollaron tanto en España como en Colombia y la causa fue introducida oficialmente en Roma, impulsada por Pablo VI, en 1968.

No obstante, el momento decisivo llegaría mucho más tarde.El 3 de abril de 2014, poco antes del centenario de su muerte, el Papa Francisco autorizó la promulgación del decreto por el que se reconocían las virtudes heroicas de Francisco Simón Ródenas. Desde entonces pasó a recibir el título de Venerable. La decisión fue comunicada por la Santa Sede y recogida por distintas fuentes eclesiales y periodísticas.

Ese reconocimiento no es menor. Significa que la Iglesia ha considerado acreditada su defensa de la fe, pero en su camino hacia los altares todavía queda un paso fundamental para que pueda ser declarado beato: un milagro atribuido a su intercesión y reconocido oficialmente por la Iglesia. Y precisamente ahí es donde familiares y devotos consideran que la causa necesita un nuevo impulso.

Los milagros que esperan ser estudiados

Paquito Simón habla de distintos testimonios y posibles favores atribuidos a la intercesión del Padre Francisco. Uno de ellos tiene como protagonista a una bebé nacida con una hernia diafragmática, una grave anomalía que puede provocar hipoplasia pulmonar y dificultades respiratorias. Esta patología consiste en la formación de una abertura anormal en el diafragma que provoca que órganos como el estómago o los intestinos se desplacen hacia el pecho, comprimiendo el espacio donde deberían crecer los pulmones. Como consecuencia, el bebé sufre graves dificultades respiratorias inmediatamente después del nacimiento, requiriendo una intervención quirúrgica de extrema urgencia.

Según el relato que ha explicado el portavoz del Grupo de Amigos del Padre Francisco, la situación requería una intervención quirúrgica y existían importantes riesgos para la vida de la bebé. Ante esta delicada situación, los padres autorizaron la operación, y decidieron encomendarse al Padre Francisco. Afortunadamente, la intervención resultó satisfactoria. La bebé permaneció aproximadamente dos meses ingresada y finalmente recibió el alta. Según el testimonio aportado por los familiares, actualmente esa mujer se encuentra en buen estado de salud.

El caso, sin embargo, no puede ser presentado, por ahora, como un milagro reconocido por la Iglesia. Debe ser investigado y sometido a un proceso médico y teológico antes de que pueda determinarse si existe un hecho extraordinario atribuible a la intercesión del Venerable. Ese procedimiento es precisamente uno de los requisitos establecidos en las causas de beatificación.

Desde la entidad aseguran que también existen posibles testimonios procedentes de Colombia, aunque consideran necesario localizar a las personas que los han vivido, documentarlos y estudiarlos con profundidad.

“La causa está muy parada”

El Grupo de Amigos del Padre Francisco, formado actualmente por alrededor de una decena de personas, considera que el proceso se encuentra prácticamente detenido y reclama una mayor implicación tanto del Obispado de Orihuela-Alicante como de la Orden Franciscana, a la que perteneció el Padre Francisco. Paquito Simón lamenta especialmente que la figura del Venerable no tenga mayor presencia en el Seminario Diocesano de Orihuela, donde estudió antes de iniciar su trayectoria religiosa. “Ni siquiera lo han tenido en cuenta después de haber sido obispo en Santa Marta”, señala.

Los familiares sostienen que existen testimonios y posibles favores que deberían ser estudiados y que, a su juicio, no están recibiendo suficiente atención. También consideran que la diócesis debería dar un mayor impulso a una causa que ya cuenta con el reconocimiento de las virtudes heroicas.

Su reclamación no pretende sustituir el criterio de la Iglesia. Al contrario: lo que piden es que se estudien los testimonios existentes y se determine si alguno puede reunir las condiciones necesarias para continuar el proceso. Porque, en última instancia, la beatificación no depende de la voluntad de una familia ni de un grupo de devotos, sino de un procedimiento eclesial y científico extremadamente exigente.

Una causa que cruza el océano

La historia del Padre Francisco tiene, además, una particularidad difícil de ignorar: su memoria no pertenece únicamente a Orihuela. Colombia forma parte inseparable de su legado. Allí pasó una parte importante de su vida religiosa, ejerció como misionero y terminó siendo obispo de Santa Marta. La propia diócesis colombiana conserva referencias a su gobierno y a las obras impulsadas durante su episcopado.

Para sus familiares, recuperar testimonios colombianos resulta fundamental. Creen que todavía puede existir documentación, recuerdos y relatos de personas que mantuvieron viva su memoria después de su muerte. Es, en cierto modo, una causa que necesita volver a conectar sus dos orillas, a ambos lados del charco.

El sobrino que se adelantó en el camino hacia los altares

La vida del Padre Francisco sirvió de ejemplo para muchos jóvenes de su época, fuera y dentro de su familia. El Venerable tuvo un sobrino, Eloy Simón, nacido en 1876, que siguió sus pasos y también ingresó en el seminario y abrazó la vida franciscana. En 1905 marchó a Colombia para trabajar en las misiones donde se encontraba su tío y terminó ejerciendo como su secretario. Sin embargo, los caminos del Señor le llevaron a defender su fe hasta las últimas consecuencias.

Eloy fue brutalmente asesinado en en noviembre de 1936, en el barranco de San Cayetano, en Crevillente, en el contexto de la persecución religiosa ocurrida en la zona republicana, durante la Guerra Civil. Un asesinato que el propio Eloy aceptó “como una decisión del Señor”, tal y como explica Paquito Simón. En 2013 fue beatificado en Tarragona junto a otros mártires. La paradoja familiar resulta evidente: el sobrino se adelantó al tío en el camino hacia los altares. “Puede decirse que le ha ganado la carrera al tío”, resume Alberto Espinosa.

Una Virgen que regresó a La Aparecida

La memoria del Padre Francisco no se limita al ámbito de los archivos y del recuerdo familiar. El Grupo de Amigos del Padre Francisco mantiene vivo el recuerdo y legado del Venerable en La Aparecida. Entre otras actividades, organiza una misa anual, celebraba en torno al del aniversario de su nacimiento (2 de octubre), publica una revista semestral con testimonios sobre su vida y obra y distribuye estampas destinadas a la devoción personal.

También ha impulsado actividades dirigidas a los más pequeños, especialmente a los niños que se preparan para recibir la Primera Comunión, con charlas destinadas a dar a conocer la vida del religioso y pequeñas representaciones teatrales.

Y existe un elemento especialmente significativo en La Aparecida: una estatua del Padre Francisco en la plaza de la iglesia, instalada gracias al impulso de quienes trabajan para mantener viva su memoria.

En el interior del templo se conserva además una pieza que la entidad considera una auténtica reliquia vinculada a su historia: una imagen de la Virgen Milagrosa que perteneció al propio Padre Francisco.

La historia de esta imagen también tiene un recorrido muy particular. En su camino hacia Valencia, Francisco realizó una visita a un amigo que vivía en Caudete (Albacete), con quien había compartido etapa en el seminario. Durante aquella visita, el amigo le pidió si podía darle esta talla, y Francisco le entregó la figura. Muchos años después, el sobrino de aquel hombre se puso en contacto con Paquito Simón y con Ildefonso Cases, sacerdote también muy vinculado a la familia. Con el tiempo, la imagen terminó regresando a La Aparecida. Actualmente, se encuentra en la Iglesia de esta pedanía oriolana.

Estampa del Padre Francisco de Orihuela. Fuente: Alberto Espinosa

Más allá de los hechos extraordinarios

Según los testimonios, al Padre Francisco de Orihuela se le atribuyen también otros dones extraordinarios, como episodios de bilocación o predicciones. Son relatos que forman parte de la tradición devocional que ha acompañado su memoria y que sus seguidores consideran significativos. Pero quienes más cerca están de su figura coinciden en una idea: el verdadero valor de su vida no debería quedar reducido a lo extraordinario.

Alberto Espinosa lo expresa con claridad. Para él, lo fundamental “está en su labor misionera, su fidelidad a la Iglesia, su amor a Jesús y a la Virgen y su preocupación por los pobres”.

Es precisamente esa dimensión la que aparece respaldada por el reconocimiento eclesial de sus virtudes heroicas. La Iglesia no declaró Venerable al Padre Francisco por una colección de historias extraordinarias, sino después de un proceso destinado a valorar la forma en que vivió sus virtudes cristianas. Y esa distinción resulta importante cuando se habla de una posible beatificación, ya que le distingue especialmente de otros procesos.

El milagro (y apoyo) que falta

El camino está trazado, pero todavía no ha terminado. Francisco Simón Ródenas es Venerable desde 2014. Su vida ha sido investigada y su causa ha llegado a Roma. Sus virtudes heroicas han sido reconocidas. Existen devotos, familiares y testimonios tanto en España como en Colombia. Pero falta el elemento que permitiría avanzar hacia la beatificación: un milagro reconocido oficialmente por la Iglesia.

Para que un milagro pueda ser considerado como tal, debe superar un proceso complejo. La documentación médica es examinada por especialistas; posteriormente intervienen teólogos que deben valorar la relación entre la curación extraordinaria y la intercesión del Venerable. El expediente llega después a las instancias correspondientes del Dicasterio para las Causas de los Santos y, finalmente, al Papa.

En este sentido, hay algo en lo que todos llegan a un punto en común: la falta de apoyo del Obispado de Orihuela-Alicante. “Echamos en falta más interés por parte de las instituciones. Es como si se le hubiese abandonado”, señala Paquito Simón. “Hay otros casos similares, más recientes en el tiempo, que cuentan con más apoyo e implicación por parte de la iglesia, pero al final todos deben ser considerados de igual manera, porque todos, a su manera, son santos”.

Un nombre que Orihuela no debe olvidar

Más de cien años después de su muerte, el Padre Francisco continúa siendo una figura que conecta las dos orillas del Atlántico. Una de las figuras más destacadas, pero a la vez más desconocidas, dentro de la historia religiosa de Orihuela y de la Vega Baja. Un legado que nuestra tierra no puede permitirse el lujo de guardar en el cajón de la historia.

Su familia todavía se conservan objetos personales del Venerable: “un solideo o el bastón que usaba (que tiene mi tio Rate). y un libro del os años 40, que tras la guerra, repasa su figura. Hoy en día no hay casi material sobre él, pues se perdió mucho en la Guerra Civil”, explica Alberto Espinosa. Más allá de lo material, en La Aparecida permanece su recuerdo. En Santa Marta se reconoce su legado. Y sus devotos mantienen viva su fe en él.

El Grupo de Amigos del Padre Francisco quiere que esa memoria no se pierda y reclama que la causa vuelva a avanzar. “El Padre Francisco siempre tuvo una imagen de santidad, pero el Obispado todavía debe darse cuenta y explorar su figura”.

Más allá de la discusión sobre los tiempos y los apoyos institucionales, existe una certeza que permanece: la figura de aquel niño de La Aparecida que dormía en el suelo acabó llegando mucho más lejos de lo que probablemente nadie podía imaginar.

Fue sacerdote, capuchino, misionero, obispo y ahora, Venerable. Y ahora, espera. Espera un milagro que la Iglesia pueda reconocer. Espera que los testimonios sean estudiados. Espera que Colombia y Orihuela vuelvan a mirar hacia su historia común para impulsar su causa.

Y, sobre todo, espera que su nombre sea inscrito donde su legado lo merece, en los altares de la santidad.