Por Miguel Ángel Robles
Pues sí, es una huelga política, porque gobierna la derecha, punto. Si gobernase el Botànic estaríamos ante una pleitesía resignadamente borreguil, cuando no abyectamente servil en el caso de los equipos directivos.
Lo que se denuncia es, mayoritariamente, consecuencia de leyes ideológicas aprobadas por la izquierda, con la LOMLOE en cabeza. Esta ley ha llevado el barullo burocrático al absurdo. Un papeleo que nada tiene que ver con la realidad docente y que deja exhausto al profesor, vacío de contenidos el programa de estudios y rebosante de adoctrinamiento progre cualquier enseñanza. Estamos reduciendo lo que hay que saber en favor de lo que hay que pensar: feminismo radical, pacifismo cutre, ecologismo histérico, lenguaje inclusivo o lenguaja inclusiva – no sé ya- y varias ridiculeces resilientes más.
La derecha vive pensando que lo suyo es administrar y que la batalla cultural es cosa de perroflautas incapaces de trabajar en nada productivo. Además, siempre ha tenido un cierto complejo de inferioridad democrática porque ha aceptado la acusación de que es la heredera de Franco y que ese pecado original es imborrable. La derecha ha ignorado el concepto de hegemonía cultural que Antonio Gramsci introdujo para superar la fallida y criminal lucha de clases. La izquierda, mientras tanto, lleva infectando la escuela, la universidad y la cultura décadas ante la pasividad bobalicona de los fascistas, que somos todos los demás.
Consecuencia, llevamos años de intoxicación en los planes de estudio. Los docentes salen con una formación claramente sesgada y orientados a pedagogías fraudulentas, fracasadas hace mucho, que se venden como modernas. Alguien tan poco sospechoso como Hanna Arendt criticó las pedagogías progresistas deudoras de Dewey y herederas de Rousseau, como una estafa educativa que los resultados decrecientes y el desorden creciente reflejaban cada vez con más nitidez en las aulas.
Los docentes no luchan por una mejor escuela, aunque estén convencidos de ello, luchan por ganar más dinero y estar más cómodos en clases que, para muchos, son verdadero territorio comanche. Y la escuela es así por culpa de las ideas que ha inoculado la izquierda en la universidad primero y en el imaginario social después. Por entendernos, mientras Pablo Iglesias y demás feligreses están dando la turra todo el día, la derecha les enfrenta con un impávido Rajoy leyendo el Marca.
Los docentes cobraban en la Comunidad Valenciana un poco menos que la media nacional. Cierto, pero su salario, aproximadamente el decimocuarto (o catorceavo que diría Rufián) de las diecisiete autonomías, casi se ciñe al cien por cien con el puesto que ocupamos en financiación ajustada al número de habitantes. Es decir, se paga conforme al dinero que se recibe del Estado. ¿Alguien va a protestar por el cupo vasco y navarro (pronto el catalán) que permite pagar entre 450 y 600€ más a sus maestros y profes, sin contar los mayores incrementos por desarrollo profesional y antigüedad? No, eso sería fascismo tipo Ciudadanos. Los derechos históricos tenemos que pagarlos los pobres para que vivan mejor aún los ricos. Ya han conseguido la subida, y me alegro. ¿Ahora qué?
La ratio. ¡Ah, la ratio! ¿Pero tan exagerada es? No, pero aún así no podemos con los alumnos. En infantil estamos en la media nacional y de la OCDE (21 alumnos aproximadamente), prácticamente como con el Botànic, solo que ahora, con la derechona antivalenciano, esto es insoportable. En ESO es de 24 alumnos, mucho más que la media de la OCDE, que es de 23. Sin embargo, países como Japón, Corea del Sur o Singapur, líderes en resultados académicos, tienen ratios de 30 a 35. No, no es la ratio, per se, un factor de éxito. Es el sistema y el nuestro, plasmado en la LOMLOE, tataranieta de la LOGSE, es una basura que deja al docente en manos del alumno, los padres motivados y las directivas tiránicas. No engañemos, el problema no es la ratio, es la naturaleza antropológica del modelo.
La LOMLOE exige plasmar por escrito competencias específicas; criterios de evaluación; descriptores; situaciones de aprendizaje; rúbricas; evidencias; inclusión documentada; diseño universal para el aprendizaje. Cualquier porquería menos averiguar qué sabe realmente el alumno. El docente deja de ser transmisor de saber consolidado y se convierte en gestor de procesos. Si tanto les molesta la burocracia que les impide enseñar, pidan la derogación de esta ley sectaria. Una ley que no presenta al niño un mundo que merece la pena conservar en muchos de sus aspectos: científicos, culturales, tradiciones, sino que trata de convertirlo desde el primer día en sujeto activo de una agenda woke. Una ley que introduce transversalidad ideológica, emocionalidad, paridad obligatoria, ciudadanía global, perspectiva de género, identidades múltiples, deconstrucción cultural, agenda 2030. La escuela deja de transmitir herencia, para convertirse en un laboratorio de reeducación moral, pura ingeniería social. El experto en pedagogía ha sustituido al profesor que conoce bien su materia y desea legarla.
«Los adultos han renunciado a la autoridad, y eso solo puede significar una cosa: que rehúsan asumir la responsabilidad del mundo al que han traído a los niños» H. Arendt, La crisis en la educación, 1958. Esta renuncia a la propia responsabilidad; el abandono de las jerarquías en las relaciones; la pérdida del adulto como guía mutado a mero acompañante; el miedo a señalar y penalizar la falta de conocimientos, actitud o trabajo; la pringosa melaza ideológica que reboza los planes de estudio; ese abuso del “bienestar” emocional; la pornográfica intromisión en la vida de los niños y su salud psico-sexual, hace que nuestros hijos desprecien el esfuerzo, se hundan en los fracasos y sean más inestables psicológicamente. Tanto poner el niño en el centro ha conseguido que, efectivamente, se crean que son el ombligo del mundo y van desorientados por la vida, sin referentes ni límites claros. Y esto es ingobernable, pongas la ratio que pongas.
La única medida que deberían reclamar los profesores es acabar con esta pedagogía de flotilla solidaria adobada de cretinismo hippie con hedor sesetayochero. La subida salarial ya está, como era justo.





