Anatomía de la melancolía: Una pregunta para cada historia

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Por Mateo Marco Amorós

Fotografía de Joaquín Marín

¡Qué fácil la Historia cuando nos la sirven ordenadita! Amojonada con hechos incuestionables. El Imperio Romano de occidente cayó en el 476 cuando el hérulo Odoacro destronó al último emperador Rómulo Augústulo. De Rómulo y Remo a Rómulo sin Remo. La Gran Guerra fue por el atentado en Sarajevo en junio de 1914 contra el archiduque Francisco Fernando, heredero del imperio austrohúngaro, y su esposa Sofía Chotek. ¡Qué fácil! Un acontecimiento tras otro. El descubrimiento de América, la toma de la Bastilla, la revolución soviética… ¡Qué luz meridiana si sólo los hechos en su instante fueran toda la historia! Por sí mismos y en sí mismos. Pero qué aburrimiento.

Dos lecturas en primero de carrera confirmaron nuestra vocación por historiar atendiendo aspectos más allá de los hechos. Una pasión que traíamos educada por la experiencia de nuestro COU –Curso de Orientación Universitaria– en el Instituto Hermanos Amorós de Villena. Un curso que si nos concedieran el poder perennizar un periodo de nuestra existencia, pediría ese. También por motivos extraacadémicos. Entonces ya supimos que la Historia no era tan fácil pero no por ello menos apasionante. Aquel año, la revolución rusa narrada por Trotsky, juez y parte, afianzó nuestro interés por la Historia. Como aquellos fragmentos de L’arte moderna, 1770-1970 de Giulio Carlo Argan revelados y leídos en voz alta y en italiano, con una reverencia litúrgica, por el profesor José Antimo Miravete.

Ya en la universidad, esas lecturas que decíamos en primero de carrera –necesarias para poner miel a un tedioso manual de Historia Antigua Universal– demostraban que la Historia era complicada pero sugestiva. Fueron párrafos de la monumental obra de Gibbon sobre la decadencia y caída del Imperio Romano, superada en contenidos pero que marcó un antes y un después en el quehacer historiador. También la Historia de Roma de Kovaliov, una interpretación desde el materialismo histórico. Obras que corroboraban que la Historia era algo más que los hechos.

Verdad que Brecht, antes, había abierto la puerta de nuestra curiosidad con aquel poema titulado Preguntas de un obrero ante un libro. Ese que concluye: «Una pregunta para cada historia».

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