Un ocho de marzo

Mateo Marco Amorós / Bardomeras y meandros

Joaquín Marín / Fotografía

El ocho de marzo de 1126, hace ochocientos noventa y cinco años, en el castillo de los condes de Saldaña, corazón geográfico palentino, moría Urraca, reina de León, hija de Alfonso VI y Constanza de Borgoña. Sírvanos su memoria para homenaje de quienes en el tiempo que les tocó vivir hicieron valer sus dotes. Contra viento y marea y con carácter propio.

No escapó Urraca de las servidumbres de su época, viéndose obligada a cumplir con las obligaciones que le correspondían por su condición de mujer y noble. Así sus matrimonios. El primero, a la edad de doce años, con Raimundo de Borgoña, convirtiéndose en condesa consorte de Galicia. Esto cuando las expectativas de heredar el trono se desvanecieron al nacer su hermanastro Sancho. El segundo, contra su voluntad, con Alfonso el Batallador; cuando muriendo Sancho recuperó sus derechos a la corona. Unión que posteriormente sería anulada por el Papa para alegría de ciertos nobles. Y para descanso de la reina. Porque el tiempo que duró la unión no fue banquete de perdices. Todo mientras los almorávides se asentaban en la península imponiendo su dominio político y el rigor religioso del sunnismo malikí.

Centrándonos nuevamente en Urraca, antes que perdernos en los laberintos de la genealogía, disciplina de encaje tentadora para muchos medievalistas, turbadora para no pocos estudiosos, aprovechemos el recuerdo de su muerte para valorar el papel de la mujer en la historia.

En estos años, la legislación pedagógica pide integrar en los currículos referencias al protagonismo de la mujer. Y así vienen apareciendo en los libros de texto. Pero en muchos casos como complemento o anexo. No debería ser esto. Mejor que apareciera como fue. Porque quien se acerque a la historia con ojos y corazón abiertos no tardará en descubrir que la mujer ha jugado un papel fundamental. Pura obviedad. Desde nuestros orígenes –como descendientes de la pequeña Lucy– hasta el futuro que vislumbramos, día a día, apreciando los diferentes quehaceres desempeñados con clarividencia por mujeres. También contra viento y marea y con carácter propio. Como Urraca. Y descanse en paz la reina. Que bien lo mereció.

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