Belleza de la nada

Mateo Marco Amorós / Uno de Aquellos

Imagen: Joaquín Marín

Como quien confunde riqueza con poseer cosas, confundimos la belleza de un paisaje con lo verde. Y decimos que un lugar es bonito cuando lo saturan los árboles o los prados, el verdor. Así, el follaje y el forraje son vegetación que nos impide apreciar la belleza en el bosque exuberante de la nada.

La nada también es pródiga en hermosuras. Y muy variadas. Sirvan los espacios alrededor del Cabo de Gata donde el aparente vacío es derroche mineral de piedras volcánicas, arenas compactadas, yesos, oros y cuarzos. Un maremágnum geológico muy rico. Desnudo de vegetación salvo aquellas plantas que toleran la sed y la sal. Y palmeras aisladas, palmitos, piteras y chumberas muertas. Un mundo de arideces y melancolías. Esa melancolía que tiene lo desierto, mundo de bellezas incógnitas. Porque uno, contemplando esa nada, intuye que hay vida, mucha vida que no se ve. Por esto la melancolía.

Desierto en tierra firme, bañado por un mar limpio que es generosa despensa de manjares: gallos pedro, anémonas, galanes, sardinas, jibias… Mar Mediterráneo Nuestro, guardado por torres y fortalezas que pespuntean de historia el litoral. Torres y fortalezas, vigías de piedra, guardados en Los Escullos por centinelas fósiles, gárgolas de arena solidificada y labrada caprichosamente por el viento y los salitres; gárgolas que custodian el baño de los niños en la playa de cantos. Un baño próximo a la orilla porque las profundidades amenazan pronto.

En los primeros días de octubre, por la mañana, en Los Escullos la luz se levanta sin prisa. Entre la neblina de los calores heredados, el sol crece también sin prisa. En una cala se equipan los submarinistas. Por la tarde, igualmente perezosa, la luz se dilata entre moles oscuras, montañas desnudas y llanos de pedregales, salpicados de espartos secos y paleras muertas víctimas de la plaga que nos ha dejado –aquí también– sin el carnoso fruto de las chumberas. Y sin las chumberas. Los cazadores con sus ropas de camuflaje recogen bártulos y perros a los pies de la montaña. Por la noche, un perro perdido –olvidado o abandonado– ladrará a la luna creciente.

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