Entre libros

Mateo Marco Amorós / A cara descubierta

Joaquín Marín / Fotografía

Al librero Vicente Pina 

Manuel Bartolomé Cossío, que no es el Cossío de los toros sino entre otros méritos el de la pedagogía y el estudio del Greco, quedó huérfano a los diecinueve años. Siendo discípulo de la Institución Libre de Enseñanza sintió y quiso como padre a Francisco Giner de los Ríos. Por ello contemporáneos y biógrafos lo considerarán “ahijado” o “Benjamín” de Giner. La correspondencia entre ambos corrobora una íntima relación. Como una obsesiva voluntad de Giner por realizar y verificar en la carne y hueso del joven Cossío su modelo de persona útil para regenerar la patria. Así, Giner determinará para el educando un plan de trabajo y vida.

En una ocasión, Manuel Bartolomé Cossío pasa unos días con unos familiares en Comillas. Desde la población cántabra escribe agradecido al maestro: “Recibí su paternal carta y me hizo llorar como siempre que Vd. me habla en ese tono. Bendito seáis mil veces. Mi pobre madre ha debido besarle a Vd. en la frente por el inmenso bien que hace a su hijo. Tengo por muy acertados los consejos y he de seguirlos. La mañana la paso entre el baño y los libros, y la tarde entre libros y familia. ¡Cuánto encanto voy descubriendo en las cosas más pequeñas que antes era para mí desconocido!” (Citado en José María MARCO, Francisco Giner de los Ríos. Pedagogía y poder, Península, Barcelona, 2002).

Entre baño y libros, por la mañana. Entre libros y familia, por la tarde. Libros y libros. Clave para el aprendizaje. Para ese descubrir encanto en las cosas más pequeñas. Las palabras de Manuel Bartolomé Cossío a Giner son, además de agradecidas al maestro, estupendas para recordar la importancia de la lectura, del estudio. ¡De los libros! Y queda tiempo para la diversión, como el baño, y para los demás, como la familia. Porque ha de haber tiempo para todo.

Al margen de que la tutela de Giner sobre Cossío derivara en excesiva tutela, en el fragmento que hemos traído hay valores que nos llaman: Uno, el del agradecimiento del discípulo a su mentor. Otro, el de la lectura convertida en deleite recompensándonos con la sorpresa de descubrir, incluso en las cosas más pequeñas, encantos. ¡Magnífica lección!

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